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16/2/14

Prince, desmontando el mito


Escribir un libro sobre cualquier artista muerto o grupo desaparecido (léase Elvis Presley, Lou Reed, The Beatles o The Velvet Underground) tiene poco mérito y es relativamente sencillo, porque se trata de personajes que tienen un opus acabado (solo ampliado con grabaciones post-mortem, generalmente de poco valor y con voluntad sacaperras). En cambio, hacerlo sobre un músico en activo es algo mucho más complejo. Y si, además, es un músico de culo inquieto como Prince, la tarea ya puede convertirse en titánica.

A lo largo de casi quinientas páginas (más sesenta de notas y dieciséis de fotografías, bibliografía aparte), el novelista británico Matt Thorne (Bristol, 1974) intenta escribir el tratado definitivo sobre el genio de Minneapolis en “Prince” (2012; Alba Editorial, 2013). Y digo intenta porque, dada la frenética actividad del protagonista en los últimos meses, el libro queda ya desfasado a la semana de su publicación, aunque ha tardado siete años en elaborarse. Pero salvo ese problema, esta voluminosa biografía tiene más aciertos que fallos. A pesar de que el autor es un fan irredento de Prince, raramente cae en la hagiografía y tiende a ser bastante crítico con sus obras más discutibles.

“Prince” se articula sobre dos ejes básicos: las entrevistas con personas muy cercanas a nuestro héroe (y no hablamos de segundones, sino de Wendy Melvoin, Lisa Coleman, Alan Leeds, Eric Leeds, Arthur Baker y Dez Dickerson, e incluso de admiradores como Stephin Merritt y Alexis Taylor, de Hot Chip), y el análisis exhaustivo (y cuando digo exhaustivo, no exagero; a veces llega a agotar tanto detallismo) de las diversas etapas y discos (los editados y los inéditos) del artista, de sus colaboraciones y de sus pupilos (con una especial atención a sus proyectos con mujeres, desde Apollonia 6 hasta Ingrid Chavez), de su relación con el hip hop y de su carácter de pionero de la utilización de internet para distribuir su obra.

Lo mejor de todo es que Thorne, lejos de caer en la admiración del fan que se lo traga todo, tiende a la desmitificación. Por ejemplo, en el capítulo dedicado a la hazaña de las veintiuna noches de conciertos en Londres: de acuerdo, reconoce que estuvo en diecinueve de esos conciertos y en trece de los catorces shows post-bolos, pero en su pormenorizado análisis de ellos no se corta en llegar a decir que “al principio, me preocupaba acabar cada artículo diciendo que ésa había sido la mejor noche de todas; ahora, mi preocupación era que cada una de las noches que quedaban iba a ser la peor”.

No es el único mito sobre Prince que Thorne desmonta: por ejemplo, la tan cacareada colaboración con Miles Davis fue menos brillante de lo que se esperaba, los conciertos “secretos” después de los oficiales no siempre son tan espectaculares y únicos como se creía, y el material inédito que guarda a cal y canto tal vez no es tan bueno y es mejor que siga enterrado.

En cualquier caso, con esta obra los fans del autor de “Kiss” quedarán satisfechos, y los que no lo son, podrán admirar el trabajo obsesivo de un personaje que, guste o no, es uno de los artistas más importantes de la música actual. Eso sí, se habría agradecido un apéndice con la discografía completa. Y, a nivel personal, dos últimas reflexiones: una, nunca había tomado tantas notas al leer un libro como en este caso (básicamente, para volver a escuchar discos o canciones a los que no presté demasiada atención en su momento); y dos, para seguir día a día la trayectoria de Prince, más que un volumen como este, se necesita una web, y eso es lo que hacen los creadores de Princevault, la fuente de información más actualizada que puede encontrarse hoy en día sobre Prince.

28/9/11

recordando a Miles, la gallina de los huevos de oro

Cuando la dama de la guadaña se lo llevó, más de un programador de festivales debió sufrir un colapso al ver desaparecer a una de las gallinas de los huevos de oro más rentables. Miles Davis pertenecía a esa categoría de músicos que llenan recintos año tras año, eso sí, sin repetirse nunca.

Para reniego de los puristas que se la cogen con papel de fumar, Miles se desmarcó del tradicionalismo, para demostrar que el jazz es una cosa viva que se nutre de constantes aportaciones (el funk y los ritmos urbanos en su caso), y creó un sonido que, siendo maliciosos, podríamos decir que sobreviviría perfectamente sin su trompeta.

Producido por el propio Miles durante los conciertos de su última época (del 88 al 90), en ciudades como New York, Roma, Montreux y Osaka, Live Around The World (Warner, 1996) recoge algunas de sus mejores interpretaciones en directo. En la mayoría de los cortes, se acompaña de una de sus mejores formaciones, con el saxo Kenny Garrett, el excéntrico bajista/guitarrista Foley, y el batería Ricky Wellman, procedente de los Soul Searchers del pope Go-Go Chuck Brown.

Fiel retrato de lo que el trompetista ofrecía en vivo, el disco incluye blues à la Miles (New Blues), dignificaciones de pop de derribo (el Time After Time de Cindy Lauper o el Human Nature del bobo Jackson, desfigurado hasta alcanzar la excelencia), y funk irresistible (Intruder, Wrinkle, Full Nelson).

Está muy bien que un artista siga editando discos después de muerto pero, puestos a rescatar grabaciones de Miles, ¿qué me dicen de sus colaboraciones con Prince? Como esta, por ejemplo...

8/7/10

el misterioso disco robado de Lole y Manuel

La expedición se traslada al Centro Flamenco Fosforito de la Posada del Potro, donde tendrá lugar la presentación de Alegrías. Llega Howe y se hace la sesión de fotos, primero junto a Raimundo y después con el resto del grupo. Finalmente, a las 20.30 consigo llevarme a Gelb al interior de una de las salas: tengo veinte minutos para la entrevista. Le recuerdo esa anécdota, cuando vivía en una cabaña en Joshua Tree (California), en el desierto de Mojave, y solo tenía tres casetes: el Swordfishtrombones (1993) de Tom Waits, la banda sonora de Ascensor para el cadalso (Louis Malle, 1957) de Miles Davis, y una cinta de Tomatito. Y ahora, veinte años después, ha grabado con Amador, quien colaboró con Tomatito. ¿Ha sido como cerrar el círculo? "Lo descubrí cuando grabamos la introducción de 'Cowboy Boots On Cobble Stone'. Cuando Raimundo tocó me recordó a cuando escuchaba a Tomatito, aunque era más que él… como si fuera el origen, la fuente".

Pero el verdadero origen de Alegrías está en el primer disco de Lole y Manuel, Nuevo día (1975; portada en la foto superior y contraportada en la inferior). "Fernando vino a un concierto que hice en el exterior de un museo en Sevilla. Me regaló ese álbum. Estaba intrigado. Lo dejé tras el escenario con todas mis cosas para tenerlas a salvo hasta que terminara mi actuación. Era una zona protegida por los guardias del museo. Cuando acabé, fui a recogerlo todo. ¡El disco había desaparecido! Probablemente los guardias se lo quedaron. Pero eso aún me intrigó más, el pensar que era tan valioso. Fernando me dijo que todo el mundo en España lo había tenido en algún momento. Algún tiempo después, en Huelva, fuimos a un pequeño bar musical. El dueño era el camarero. Tenía un montón de vinilos, y entre ellos encontré el de Lole y Manuel otra vez. Me dijo que tenía dos copias y me dio una. Fue entonces cuando supe que algo había empezado… y todavía no ha acabado".

Y llega la pregunta del millón: normalmente, cuando hablamos de fusión pensamos en algo muy estudiado, pero en este caso fluye de forma natural, no parece el capricho de un turista yanqui. ¿Cómo se consigue eso, si además tenemos en cuenta que ha sido un proyecto de más de tres años de elaboración? En la respuesta de Howe encontramos, además, las claves de su método de trabajo: "No tardó tres años en hacerse. Fue más bien que yo pasé tres años sin querer acabarlo. Pero la mayoría de canciones nuevas se hicieron muy rápidamente. Nunca hago planes; son el enemigo del estado. Los planes son para la gente que confía en el papel. La gente que necesita set lists. Hace tiempo decidí tomar otro camino, para bien o para mal: el camino de la improvisación, como los jazzmen de la época del be bop. Cambian su música cada vez que tocan. Seguí esa vía incluso aunque no estaba tan cualificado como ellos. Escucho unas mil variaciones en mi cabeza cada vez que voy a tocar una vieja canción, así que ese es mi jazz".

En 1963, cuando Johnny Cash utilizó trompetas mariachi en Ring Of Fire, en cierta forma revolucionó el country. Uno tiene la tentación de establecer símiles con Alegrías, algo que Gelb desmiente en el acto. "No, las únicas revoluciones son las 33 1/3 por minuto del disco (y hace el gesto de girar el vinilo). No puedo tocar flamenco, pero adoro las guitarras. Los gitanos fueron una gran inspiración. Escucho a Led Zeppelin, a Charlie Christian y a Robert Johnson en ellos. Es la maestría del instrumento en su forma más pura. Pero los ritmos siempre me derriban como a un jinete de toros en un rodeo. Y adoro esa caída. Es una buena monta. Un corto arranque de asombrosa energía y pasión. Llena el vacío con un fuego y un corazón nostálgico revelándose. Quizás mis ritmos son más perezosos, más lentos, más southwestern. Esto es el sudoeste español; y Arizona está en el sudoeste de los Estados Unidos. Creo que hay muchas similitudes".

(continuará...)

29/4/08

quan la pirateria era un art per a col·leccionistes

El 2004, la premsa britànica explicava el cas de Mark Purseglove, un paio que s'havia fet milionari gràcies a la venda de còpies il·legals de concerts i que va ser condemnat a una sentència de tres anys i mig de presó.

Suposo que ara ja deu ser al carrer, però no he trobat cap notícia al respecte, perquè el que interessava de cara a la galeria i per a espantar la gent era dir que l’engarjolaven.

El noi, de 33 anys, va fer una fortuna amb els pirates de concerts d'artistes com Oasis, Eminem, David Bowie, Madonna, Prince, Eric Clapton, Pink Floyd, Michael Jackson, Manic Street Preachers, Bob Dylan, Neil Young, R.E.M., Radiohead, George Michael, Paul McCartney, Guns N'Roses i Bruce Springsteen.

Aquestes gravacions les feien els tècnics de so dels grups, prèviament subornats per Purseglove. El paio venia els CD a festivals, botigues i per Internet, a preus superiors als 195 euros.

Aquesta mena de pirateria no té res a veure amb la del top manta, que es limita a clonar les darreres novetats. Es tracta d'una pirateria més elitista, perquè els preus no són precisament econòmics, i perquè s'adreça a un públic col·leccionista.

La pirateria dels concerts (i en un sentit més ampli, de gravacions d'estudi que per alguna raó o altra no veien la llum de forma oficial) és molt més antiga que la del top manta. Fins i tot, al llarg de la història, hi ha molts casos de discos que primer es van vendre com a pirates i que després van ser editats per la corresponent discogràfica legal: seria el cas, per exemple, dels diferents volums de les Bootleg Series de Bob Dylan, o del famós Black Album (Paisley Park, 1994) de Prince.

I ja que parlem de Prince, i perquè es vegi la diferència d'aquesta mena de pirates amb els del top manta, explicaré un cas concret. Puc presumir de posseir una de les col·leccions més completes de discos pirates del Prince, i absolutament tots els vaig comprar als grans magatzems, a qualsevol de les conegudes botigues del carrer Tallers, i sobre tot a les famoses fires del disc del Tardà, on aquest tipus de productes constituïa un dels principals al·licients.

I quina mena de material hi ha entre aquests pirates del Prince? Des de concerts d'arreu del món - com el famós Small Club (imatge 2) o fins i tot el famós after que va fer a la desapareguda sala Estándard de Barcelona (imatge 3) -, fins a material inèdit (com Crucial, les famoses sessions gravades amb Miles Davis) o actuacions a programes de televisió (imatge 4).

No cal dir que la qualitat d'aquests pirates va evolucionar: des dels enregistraments barroers a peu de pista amb un casset a mà alçada on se sentien els comentaris dels paios del costat, fins a les gravacions de taula de so amb qualitat digital i unes portades i llibrets interiors molt més luxosos que els editats per una discogràfica convencional.

Aquest concepte de pirateria, més artesanal i alhora artístic, anava més enllà del simple CD, i fins i tot es podien trobar discos triples i caixes. Els italians eren, especialment, els reis d'aquest negoci, i hi havia un seguit de segells, el nom dels quals era sinònim de prestigi (és a dir, bon so i bona presentació), com Moonraker, KTS o Thunderball, entre d'altres.

Aquesta mena de discos es coneixia internacionalment com a bootlegs, però aquest concepte, com el de la pirateria, també ha canviat, ja que ara s'aplica a la tècnica que consisteix a refer una cançó amb una remescla, o bé afegint-hi fragments d'altres cançons o traient-hi elements.

Per desgràcia, la lluita contra el que podríem anomenar la pirateria cutre - el top manta - ha acabat també amb l'antiga pirateria, i ara és pràcticament impossible trobar discos d'aquesta mena a les botigues, i només a internet es poden localitzar.

És a dir, res a veure amb la situació de fa uns anys, quan les botigues exhibien als aparadors gravacions pirates de concerts celebrats a Barcelona la setmana anterior.