28/7/12

recuperando el final de “Perdidos”

Hace días, y no me preguntéis por qué, siento la extraña necesidad de volver a ver el final de "Perdidos". Han pasado más de dos años desde que la serie emitió su último episodio (en concreto, el 23 de mayo de 2010), pero me apetece volver a emocionarme con ese controvertido desenlace que indignó y disgustó a tantos, y entusiasmó a unos pocos, entre los que me encuentro. Así que voy a recuperar la versión extendida (sin cortes) del artículo que escribí en su momento. Y cuando tenga tiempo (después de ver las temporadas atrasadas de otras series que tengo en el tintero, como “The Big Bang Theory”, “Californication”, “True Blood” y alguna más), volveré a emocionarme con Jack, Kate, Locke, Benjamin y el resto de personajes.

El escritor y guionista Barry Gifford y el director David Lynch, colaboradores en varios proyectos, comparten la misma idea sobre lo que supone la experiencia de ir al cine: "Entras en un sueño y debes entregarte a ese sueño, rendirte a él del todo. No es una visión muy distinta de la que tenía Buñuel: cualquier cosa es posible, dejas de preocuparte por los parámetros convencionales de cualquier historia". Estas palabras deberían grabarse a fuego en el culo de todos los verdaderos seguidores de "Perdidos". No los advenedizos que se han enganchado a partir de la tercera o cuarta temporada a rebufo del boom mediático, o quienes han criticado la serie desde un principio porque prefieren producciones con ínfulas sociológico-documentales como "The Wire".

La escisión creada en el seno de la parroquia lostie ha tenido su origen en el tan esperado final: horrible para unos, idóneo para otros. Más allá del hecho histórico de su emisión simultánea en todo el mundo, ¿qué se podía esperar de una serie plagada de macguffins? ¿Una explicación pormenorizada para resolver todos los cabos sueltos? En absoluto. Un final frustrante es aquel que deja a unos personajes con los que te has encariñado durante años en una situación ambigua, como ocurrió con "Los Soprano" porque, en el fondo, siempre esperarás que vuelvan con otra temporada o con un largometraje.

Pero el desenlace de "Perdidos" no deja ningún margen a la duda: aquí no hay vuelta atrás, sabes que nunca volverás a ver a Jack, Sawyer, Locke y todos los demás. Se acabó definitivamente y eso te produce una tremenda sensación de alivio, como cuando una persona querida, después de sufrir una larga enfermedad, muere. De forma paralela a lo que viven los protagonistas, que solucionan su deuda con el pasado y "avanzan" (y lo de menos es hacia dónde), los seguidores de la serie respiran aliviados y pueden seguir con sus rutinarias vidas.

¿Pero fue bueno o malo el final de "Perdidos"? Desde un punto de vista narrativo, exhibió una estructura ejemplar: si el primer episodio empezaba cuando Jack abría los ojos, tendido en la jungla, el perro acercándose y un plano de una zapatilla colgada en un árbol, el último acababa en el mismo sitio, tras ver de nuevo la zapatilla (deteriorada por el paso del tiempo), cuando Jack, en el suelo junto al perro, cerraba los ojos. El círculo perfecto.

Hasta llegar aquí, una cascada de emociones –reforzadas por la brillante banda sonora de Michael Giacchino–, culminando en una inesperada revelación evocadora de "El sexto sentido". Esa resolución y sus supuestas connotaciones religiosas han sido lo que más ha soliviantado a los detractores; algunos hasta se han atrevido a compararlo con la "Autopista hacia el cielo" de Michael Landon.

Pero especialmente les ha molestado no encontrar respuestas a todos los interrogantes planteados, sufriendo un ataque súbito de racionalidad totalmente contrario al espíritu de la historia: si desde un principio has aceptado una trama llena de sinsentidos, ¿a qué viene ahora pedir el libro de reclamaciones porque no se han resuelto? Y sobre todo, si tenemos en cuenta los buenos momentos televisivos que nos ha proporcionado. Los losties andan alborozados porque aseguran que cuando la sexta temporada se edite en DVD incluirá metraje extra que supuestamente explicará más cosas. Gracias, pero no hace falta. Para mí, el final emitido es el definitivo y no necesito nada más.
 

el inglés que parecía yanqui: Hugh Laurie

Estos días anda por nuestras tierras Hugh Laurie, presentando su álbum de debut "Let Them Talk" (Warner, 2011). Un buen momento, pues, para recordar ese espléndido disco, una muestra de que el proyecto del artista anteriormente conocido como Dr. House es mucho más que el capricho de un actor.

Es un actor británico, con todas las skills que eso supone; pero, además, Hugh Laurie es un gran aficionado al blues, desde que escuchó a Willie Dixon en la radio y Nueva Orleans se convirtió en "su Jerusalén". Si a eso le sumamos que empezó a tocar el piano a los 6 años y que se aficionó a las grabaciones de las leyendas del blues, comprenderemos mejor que Let Them Talk no es el típico capricho de estrella. Eso sí, en las notas interiores afirma que "soy un inglés blanco de clase media entrando abiertamente sin autorización en la música y el mito del sur norteamericano". Más claro, imposible.

En su debut como solista –previamente ha grabado con Band From TV, un grupo integrado por actores, y tocó el piano en un tema del álbum Hang Cool Teddy Bear (2010) de Meat Loaf-, el protagonista de "House" se ha rodeado del mejor equipo, empezando por el productor, Joe Henry, quien ha aportado al núcleo duro de sus colaboradores (Jay Bellerose, David Piltch y Patrick Warren), junto a brillantes instrumentistas como Greg Leisz y Kevin Breit, una sección de metales arreglada por Allen Toussaint y la participación de Irma Thomas, Tom Jones y otro matasanos famoso, Dr. John. 

Y llegamos al talento del propio Laurie: en este homenaje al blues de Nueva Orleans se muestra como un pianista impresionante, especialmente en sus recreaciones de St. James Infirmary, Buddy Bolden's Blues, Swanee River y Tipitina. Como cantante es más discreto; aun así, supera con nota el slow acústico Six Cold Feet, se apaña como crooner jazz en Winin' Boy Blues y se sumerge en los pantanos con The Whale Has Swallowed Me. Hasta el momento, Hugh Laurie nos había convencido como actor; tras este disco, nos ha encandilado como músico.

Y aquí podéis ver un reportaje sobre la grabación de Let Them Talk:

28/5/12

silencio: habla el dobro de Jerry Douglas

Considerado como uno de los mejores intérpretes de dobro del bluegrass y el country, Jerry Douglas es uno de los músicos de sesión más solicitados en Nashville, y ha aportado sus habilidades a cerca de mil álbumes, junto a personajes como Emmylou Harris, Ricky Skaggs, Bela Fleck, Randy Travis, Steve Earle y los Chieftains, entre muchos otros. Hoy cumple 56 años (nació el 28 de mayo de 1956 en Warren, Ohio), y por eso recuperamos uno de sus discos, "Restless On The Farm" (Sugar Hill, 1998).
 
Paradójicamente, desde su debut en solitario en 1979 con Fluxology, Jerry Douglas apenas ha grabado una decena de discos con su propio nombre. Restless On The Farm es, justamente, su décimo trabajo. Como virtuoso que es, Douglas ha explotado el sonido resonante del dobro, ha potenciado su toque agresivo, y con su rápida digitación y el uso del steel le ha dado un nuevo brillo a un instrumento típico del bluegrass.

Más allá de la simple música tradicional, como Ry Cooder Douglas utiliza las raíces para construir paisajes donde reina la tensión y el sentimiento, estampas con vocación cinematográfica: el exotismo fronterizo de Turkish Taffee, la lánguida evocación irlandesa de A Tribute To Peador O'Donnell, el bucolismo de For Those Who'Ve Gone Clear y, sobre todo, la fuerza del vibrante Passing The Bar, donde junto a Sonny Landreth (dobro) y Sam Bush (mandolina) diseña la perfecta sintonía para un programa radiofónico de country. Y aún se guarda un par de ases en la manga: el genial swing jazz de Erroll Garner Like It Is , y ese mano a mano entre dobro y banjo que se marca con otro virtuoso, Bela Fleck, en The Ride.

No todo son instrumentales en este disco: Douglas recurre a algunos amigos cantantes, como Tim O'Brien en el bluegrass Things In Life, Maura O'Connell en la balada de Paul Brady Follow On,  John Cowan en el poderoso rhythm’n’ blues de Johnny Winter TV Doctor,  y Steve Earle en el clásico de Johnny Cash Don't Take Your Guns To Town.

Cuando toca su instrumento, las notas hablan, gimen y murmuran como la voz humana: eso es lo que consigue Jerry Douglas, todo un mérito que hay que reconocerle. Así no es extraño que haya sido elegido seis veces como mejor intérprete de dobro del año.

4/5/12

la old school, de luto sin MCA

Hoy hemos acabado el día con la triste noticia de la muerte de Adam Yauch (también conocido como MCA, a la derecha en la foto superior), uno de los componentes de los Beastie Boys. Tenía solo 47  años. Como homenaje de urgencia, recuperamos la crítica de su disco “To The 5 Boroughs” (EMI-Capitol, 2004).

Imaginem que l’11-S no s’hagués produït i que el rap no hagués degenerat cap a un dels estils més poc innovadors i avorrits que hi ha. Aquest escenari ideal és el que planteja el nou disc dels Beastie Boys.

To The 5 Boroughs, el sisè àlbum del trio, és un homenatge a la seva ciutat de Nova York (els cinc districtes: Bronx, Brooklyn, Manhattan, Queens i Staten Island), i a un skyline on encara s’aixequen les Torres Bessones. Encara més, és un homenatge al hip hop de la vella escola, quan el rap era un estil fresc, calent, imaginatiu i funky, que utilitzava el ball per a transmetre missatges.

Aquí hi ha tot el que va fer del rap una revolució musical: caixes de ritmes, recitats histriònics, referències a la cultura pop, scratch acrobàtic de Mix Master Mike, ràfegues d’electro, i samples de L.L.Cool J, Public Enemy, Run DMC i Sugar Hill Gang, entre altres.

I el missatge? Tot i que des d’un punt de vista estètic ens remetin als vuitanta, els Beasties no poden oblidar l’11-S (amb referències a An Open Letter To NYC), ni al fill de puta que ha portat al món al caos (els atacs a Bush, presents a Right Right Now Now, It Takes Time To Build, That’s It That’s All).

En una coneguda cançó, Billy Joel diu que Nova York és “un estat mental”. Pels Beastie Boys, també és un estat ideal i, de retruc, ha donat com a fruit el millor disc de rap en molts, molts anys.

1/5/12

los 79 años de heterodoxia de Willie Nelson

Con un día de retraso, celebramos el 79 aniversario de una de las pocas leyendas vivas del country (y de muchas cosas más) que aún nos quedan: Willie Nelson, nacido el 30 de abril de 1933 en Texas. Y para ello, recordamos uno de los discos que mejor representan su carácter heterodoxo, "Milk Cow Blues" (Island, 2000).

Cualquier leyenda del country, desde George Jones a Chet Atkins, confesará que aprendió a cantar y a tocar de los músicos de blues. Willie Nelson no es una excepción.

El cantante texano siempre ha demostrado su talento como compositor que bebe de las fuentes más diversas, y todo tiene su explicación en su infancia: de pequeño, en la comunidad granjera de Abbott (Texas), escuchaba gospel en la iglesia, blues y corridos mexicanos en los campos de algodón, y country y western swing en la radio.

Desde su primer single en 1957, en su larga y ecléctica carrera Nelson ha grabado discos conceptuales, de gospel, de jazz, con estándares, con canciones navideñas, bandas sonoras, de todo. Pero hasta ahora no había editado un álbum entero de blues.

A sus 67 años, después de actualizar su sonido en Teatro, Willie vuelve con un disco de blues que recupera temas clásicos de los años veinte, treinta, cuarenta y cincuenta, y reinventa sus propias composiciones con el lenguaje del blues. Y en este viaje no está solo, sino que combina los talentos de la comunidad blues de Austin (Derek O'Brien, Jon Blondell, Riley Osbourn, George Rains), junto a invitados especiales, figuras del blues de ayer y de hoy.

En el capítulo de las versiones de clásicos añejos del blues, Nelson cuenta con Francine Reed, la tremenda cantante descubierta por Lyle Lovett, en el sensual Milk Cow Blues; con Keb' Mo en Outskirts Of Town; con la voz rota y el piano tabernario de Dr. John en los slow Black Night y Fool's Paradise; con la inconfundible guitarra de B.B.King en The Thrill Is Gone; con Susan Tedeschi y Jimmie Vaughan en el arrollador Kansas City; con Jonny Lang en el popular Ain't Nobody's Business; y con el guitarrista Kenny Wayne Shepherd en Texas Flood, blues texano de alto octanaje popularizado por Stevie Ray Vaughan.

Más o menos, los mismos invitados aparecen también en las relecturas en clave blues de algunas de las composiciones propias de Willie: Francine Reed en Funny How Time Slips Away; Jonny Lang en Rainy Day Blues; B.B.King en Night Life; y, sobre todo, Susan Tedeschi en un Crazy que, aunque parezca imposible, consigue hacer olvidar por un momento la versión de Patsy Cline. De todas formas, convertir este material al blues tampoco tiene mucho mérito, porque cuando Willie lo compuso ya le dio una sonoridad híbrida más cercana al blues que al country.

Sin sus colaboradores especiales, Willie también sale airoso en el slow Wake Me When It's Over, en el Sittin' On Top Of The World de Bob Wills (remozado de blues rural, con guitarra slide), y en la balada country Lonely Street (con un bonito solo de armónica de su colaborador habitual, Mickey Raphael). Además de contribuir con su personal voz, Nelson se muestra más expresivo que nunca con la guitarra eléctrica, con su particular estilo de tocar, entrecortado e inseguro.

El paseo de Nelson por el blues resulta de lo más agradable y tranquilo, pero eso sí, no recurre al rhythm’n’blues desenfrenado, sino que en el álbum predominan las baladas y los medios tiempos, con un acento jazzy más que considerable.

Y es que si Ray Charles grabó un disco de country hace años, ¿por qué Willie Nelson no podía hacer uno de blues?

Aquí tenemos a Willie con Kenny Wayne Shepherd en Nueva York en el año 2000, interpretando el emblemático Texas Flood.