7/10/11

la muerte al detalle y las iCosas

Steve Jobs, el genio detrás de Apple.

Ayer y hoy (y supongo que durante muchos más días), todo el mundo habla de Steve Jobs. Algunos incluso reflexionan sobre si no nos estamos pasando con el temita. Asunto peliagudo, el de la información post-mórtem. Ya se sabe aquello típico, que se produce en cualquier funeral (y todos lo hemos experimentado), cuando el sacerdote alaba las virtudes de una persona a quien no conocía, en una muestra de hipocresía galopante. Y tú estás allí, escuchando, y piensas: "¡Pero si era un hijoputa que puteó a todo el mundo mientras vivió!". Pero mientras estemos en una sociedad políticamente correcta de "tragar y callar", estoy seguro de que nadie tendrá los arrestos para levantarse en un funeral y exclamar: "¡Todo eso es mentira!".

En la prensa (general o especializada, da igual) el género de las necrológicas (aparte de reflejar también esa tendencia a alabar todo lo bueno –sea cierto o no– y a omitir lo malo), ha caído en la decadencia. Dicen que hace años, en los periódicos norteamericanos, el tema se cuidaba especialmente y existían verdaderos expertos a la hora de escribir hagiografías. Pero en este país, la situación es otra. Yo tengo muy claro qué debe ser una necrológica, qué debe contar y quién debe escribirla.

Con la increíble fuente de saber (muchas veces erróneo) que supone internet, cualquiera puede glosar la vida y los milagros de cualquiera, sea un escritor, un músico, un científico o un deportista, aunque no haya leído sus libros, oído sus discos, estudiado sus teorías o presenciado sus marcas. A golpe de Wikipedia (o copiando los obituarios de Associated Press o cualquier otra agencia de noticias) de repente, y como por ciencia infusa, cualquiera se convierte en el mayor experto del fiambre.
Esto lleva a un replanteamiento del género de la necrológica: más allá de saber dónde nació el personaje, de qué ha muerto, en qué mes y año ha conseguido sus logros y otros detalles que, por abrumadores, acaban por aburrir, y que, encima, puede encontrar cualquiera, hay que aportar datos que nadie conozca o profundizar en lo que significó.

Según esto, solo podría escribir una necrológica alguien que conociera personalmente al difunto, el único capaz de aportar datos que no aparecen en la Wikipedia. Eso, a veces, es posible, pero no siempre. ¿Cuál es entonces la opción? Buscar a alguien que, aunque no fuera íntimo del personaje, sí conociera su obra, y pudiera explicar subjetivamente (y esa es la gran diferencia respecto a las necrológicas actuales, perdidas en fechas y números inútiles pero, eso sí, muuuuy objetivos) lo que significó para él y cómo afectó a su vida.

Lo mejor será poner un ejemplo. Si muere, por decir algo, un pianista de blues de Nueva Orleans, no le encargues el obituario a un periodista todo terreno que te escribiría sobre cualquiera y te reproducirá los mismos detalles que aparecerán en todas partes, porque eso será un artículo frío, sin vida: eso sí, con muchas fechas, títulos de canciones y de álbumes e infinidad de detalles que a pocos interesan (solo a quienes padezcan un TOC) y que pronto se olvidan (a veces tengo la sensación de que de algunos personajes se escribe más cuando han muerto que cuando están vivos; qué raro, ¿no?). En ese caso, tienes dos opciones (descartamos ya la de alguien que le conoció personalmente): o le encargas la necrológica a un periodista que conoce la obra del finado (vamos, que seguía toda su discografía, por rara que fuera), o a un músico que se vio muy influido por el personaje. En ambos casos, contarán cómo les afectó personalmente la música del homenajeado, con lo que sus artículos serán más apasionados. ¿Que les faltan fechas? ¿Y qué? El día que muera Clint Eastwood, a un fan de sus películas lo que realmente le interesará es que alguien le cuente cosas que no sabía o qué sentimientos le provocaba; le importará un comino qué año dirigió "Sin perdón" o si "Los puentes de Madison" se basaba en una novela. A eso deberían tender las necrológicas.


Volvamos al caso de Steve Jobs. Por desgracia, yo no lo conocí personalmente (ni tampoco a Bill Gates, cosa que también me encantaría), pero –y supongo que como miles, millones de personas en el mundo– sí he disfrutado de sus creaciones. Esa simple experiencia (la mía y, repito, la de los miles de usuarios de Apple) me permite (nos permite) hablar de Jobs con más propiedad que el típico redactorcillo que se limita a copiar fechas y datos y a escupirlos de forma mecánica.

He contado en anteriores ocasiones que mi "ingreso" en la informática fue tardío, tras malas experiencias previas con inventos diabólicos como el Amstrad (supuestamente un ordenador; en la realidad, una máquina de escribir que te quemaba la vista con sus letras verde fosforito). Mi primer contacto con un Mac (en aquella época los llamábamos con el nombre completo, Macintosh) fue cuando trabajé como becario en el diario 'Avui', allá por 1985. Recuerdo que era uno de esos modelos primitivos, con pantalla cuadrada y pequeña.

No volvería a ver otro hasta 1990, cuando empecé a trabajar en otro periódico, el desaparecido 'Las Noticias', y allí mi relación con el Mac fue más estrecha, ya que gracias a un (en ese momento) avanzado sistema los redactores podíamos escribir y maquetar el texto. Llegados a este punto, supongo que muchos pensarán que me convertí en un loco de Apple. Pues no, ya que, por el contrario, caí en las redes de la competencia y me convertí en un pecero irreductible, otro esclavo más de la secta Windows. Esto tiene una explicación técnica: en esa época, tener un Mac a nivel de usuario doméstico era poco más o menos una proeza, por las dificultades añadidas que tenía: se encontraban pocos programas, las conexiones a internet no estaban preparadas para su configuración, no abundaban las tiendas...

Naturalmente, Apple no solo es Mac, y tendríamos que hablar del iPod, el iPhone, el iPad... El primero nunca llegué a tenerlo: nunca he sido de llevar música encima (ni en la época de los horribles walkman, ni de los pesados discman). Pienso que, como se dice vulgarmente, hay que salir de casa meado; dicho de otro modo, la música es para escuchar en casa, no en el metro ni corriendo, por mucho que quieras ir de místico a lo Murakami.

En cambio, hace poco más de un año caí en la tentación del iPhone. Yo, que era un usuario a muerte de los Motorola (y, atención, siempre de los modelos de concha o tapa, un recuerdo subliminal de los intercomunicadores de "Star Trek")  y renegaba de las pantallas táctiles y todo eso, ahora no podría vivir sin mi iPhone. Es mi sueño hecho realidad, con todas las aplicaciones que siempre he deseado, por tontas que parezcan: ¿Cuántas veces has estado en un bar y has oído una canción y venderías a tu madre por saber el título? ¿Cuántas veces te has encontrado perdido en una calle de otra ciudad preguntándote dónde puedes encontrar una farmacia? Ahora tienes todas esas respuestas, y muchas más.

¿Y el iPad? Bueno, eso, al igual que el iMac con pantallón para mi casa, tendrá que esperar... a que me toque la lotería, porque de otro modo lo veo difícil. Y estoy seguro de que (lamentablemente ya sin Steve Jobs) Apple seguirá sacando iCosas de todo tipo, siempre útiles y estéticamente bellas (el diseño es una de las grandes bazas de la marca). Y uno, como si fuera Batman con sus bat-artilugios, se sentirá un superhéroe de la tecnología.

Todo eso, gracias a Steve.

1 comentari:

elgat ha dit...

felicitats per el record a S.Jobs
me comprat un mac i es un altre mon